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miércoles, 27 de abril de 2011

" Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan."Lc 24,13-35

Al igual que los dos discípulos de Jesús yo voy camino de Emaús, sólo que mi historia se repite cada mañana; con el ajetreo de levantarme, preparar a mi hija para el colegio, revisar los bultos, la comida, etc. muchas veces pierdo la tranquilidad que me da orar cuando me levanto. Voy camino a la misa agitada, pendiente del reloj, pero cuando entro al templo es como si entrara a otro mundo...
Con el último misterio del rosario (que es el que alcanzo) se va aquietando mi alma, luego rezamos la salve y recuerdo que tengo a mi querida madre celestial intercediendo por mí en todo momento, lentamente mi alma se aquieta. Luego recibimos al sacerdote que lee la reflexión del Rayito de luz (Revista católica mensual) y veo cómo aplicar a mi vida lo que dice, después al escuchar las lecturas mi corazón arde porque siento que esas palabras son para mí, para el exacto momento en el que me encuentro y para rematar todo este elixir de amor, llega la hora de la comunión. Cuando hago la fila para recibir el cuerpo de Cristo, le reconozco llamándome por mi nombre, diciéndome que no sea necia y que aprenda más de las escrituras, mis ojos se abren y mi corazón se deleita en la hostia sagrada, recordándome que en ese momento soy santa porque tengo a Cristo físicamente dentro de mí.
Luego nos dan la bendición y El desaparece, pero me queda la alegría de saber que ha resucitado y el deseo de venir a contarles lo que me ha sucedido.
"Jesús, mi corazón arde al escuchar tus palabras, quiero ser testigo vivo de tu resurrección, no quiero ni puedo callar tus maravillas, sigue obrando en mí para que yo disminuya y tu crezcas. Amén"

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